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sábado, 2 de noviembre de 2019

Incendio fatuo.

Yo duermo con las musas desveladas,
descaro el de mis ojos tan abiertos
que aparcan la intuición en la mirada
dejando al mismo sueño bien despierto.

Yo duermo, pero ya no sueño nada,
y así el reloj de arena es un desierto
que entierra en un lugar sin coordenadas
los restos del ayer y el desconcierto.

Las luces, sin compás, bailan cansadas,
tratando de evitar las distracciones,
mostrando compasión ante el asombro.

Y entonces se confiesan apagadas,
dejando un negro ausente de emociones
que oculta la ceniza entre el escombro.