Tengo un órgano vital que me destroza,
tinta y sangre derramada por las hojas
que me brotan despistadas en las venas
si me abrazas, o me rozas con tus penas.
Tengo un sueño y un lugar casi a mi alcance,
la mirada de llegar en pleno trance,
la ilusión acorralada por la ausencia,
y unos versos que golpean sin paciencia.
Tengo tiempo en alquiler e interesados
por perderse en las agujas de mis manos,
deudas de un reloj gastado que me guarda,
piel en venta acariciada por sus zarpas.
Tengo el eco de un maullido en el pasillo,
los paisajes del pasado en los bolsillos,
tengo tanto en el confín de mi agonía,
que me queda por ceder la lejanía.
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viernes, 26 de septiembre de 2014
lunes, 8 de septiembre de 2014
En la escena del crimen.
Siempre hay alguien que miente bien, alguien que miente mal, el que atraviesa con la mirada, el que evita mirar a los ojos, quien aprieta fuerte lo que sus manos alcancen, quien se busca a sí mismo o a sus bolsillos para pasear sus manos, siempre quien llora, siempre quien ríe, entre dientes si es necesario, alguien que tiene algo que decir, alguien con algo que callar, un asesino
y millones de víctimas
en un juego de sucesos en cadena.
miércoles, 3 de septiembre de 2014
Segunda caída.
-Si supieras lo importante que te estás haciendo para mí...
-¿Qué pasaría?
-Dejarías de ser tan bruja y malhumorada.
-No creo.
-¿Te abrazo yo o me abrazas tú?
En aquel momento supe que sólo un silencio tenía el permiso de responder por mí, que no podía decidir, desde mi condición ajena a la libertad de aquel instante, no ser partícipe de un abrazo, sentarme lejos y obligar con mi actitud a que ambos experimentaramos la sensación de soledad en aquella habitación (de ausencia) compartida. Estaba en el final de la historia, ese lugar en el espacio ligado a las emociones intensificadas del que desea llegar y del que lo evita. Estaba sola, en contra del pronóstico ajeno, y unas manos presionaban mi cuerpo dejándose llevar por un melódico suspiro de desesperación. Estaba conmigo, y contra mí, alguien había decidido que era tarde, y dudando de si era yo, decidí no cerrar los ojos, era consciente de que algunos relojes permanecían (inertes) con la convicción de que era más temprano que nunca.
-¿Qué pasaría?
-Dejarías de ser tan bruja y malhumorada.
-No creo.
-¿Te abrazo yo o me abrazas tú?
En aquel momento supe que sólo un silencio tenía el permiso de responder por mí, que no podía decidir, desde mi condición ajena a la libertad de aquel instante, no ser partícipe de un abrazo, sentarme lejos y obligar con mi actitud a que ambos experimentaramos la sensación de soledad en aquella habitación (de ausencia) compartida. Estaba en el final de la historia, ese lugar en el espacio ligado a las emociones intensificadas del que desea llegar y del que lo evita. Estaba sola, en contra del pronóstico ajeno, y unas manos presionaban mi cuerpo dejándose llevar por un melódico suspiro de desesperación. Estaba conmigo, y contra mí, alguien había decidido que era tarde, y dudando de si era yo, decidí no cerrar los ojos, era consciente de que algunos relojes permanecían (inertes) con la convicción de que era más temprano que nunca.
lunes, 1 de septiembre de 2014
Disculpa mi desorden.
Con el consuelo que el bardo proporciona,
con el dolor presente bajo sus pieles,
con el calor ahogado que lo desloma,
con la promesa rota de los infieles.
Con el ruido maldito que apenas suena,
con deseados golpes e inquieto escudo,
con defensa apagada, risa de hiena,
con la insistencia nata del testarudo.
Con color desgastado se tiñe entera,
con un gesto cansado que le resiste,
con las manos heridas sobre su esquela,
con la pasión perdida y mirada triste.
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