-Si supieras lo importante que te estás haciendo para mí...
-¿Qué pasaría?
-Dejarías de ser tan bruja y malhumorada.
-No creo.
-¿Te abrazo yo o me abrazas tú?
En aquel momento supe que sólo un silencio tenía el permiso de responder por mí, que no podía decidir, desde mi condición ajena a la libertad de aquel instante, no ser partícipe de un abrazo, sentarme lejos y obligar con mi actitud a que ambos experimentaramos la sensación de soledad en aquella habitación (de ausencia) compartida. Estaba en el final de la historia, ese lugar en el espacio ligado a las emociones intensificadas del que desea llegar y del que lo evita. Estaba sola, en contra del pronóstico ajeno, y unas manos presionaban mi cuerpo dejándose llevar por un melódico suspiro de desesperación. Estaba conmigo, y contra mí, alguien había decidido que era tarde, y dudando de si era yo, decidí no cerrar los ojos, era consciente de que algunos relojes permanecían (inertes) con la convicción de que era más temprano que nunca.
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