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domingo, 5 de octubre de 2014

Salvar a un cadáver.


Yo sé que debo arder en el sin fin de este, mi infierno,
ser de otro material, otro compuesto, otro elemento,
no puede ser posible este color azul por dentro,
tras tanta sangre y tinta en mis profundos pozos negros.
Si hoy miras a mis ojos, investiga este silencio,
destrózame estas penas a mordiscos de entretiempo,
con las escasas lluvias de tus ojos que no entiendo
y esa mirada tibia del dolor en que te encuentro.
Después de trasnochados arañazos de fichero,
te escribo con los dígitos del fondo del letrero,
abrázame si puedes cuando escuches al guerrero
en busca de esta bestia, mi más terco pasajero.
Si tú eres quien planea la jugada en mi tablero,
tienes mi enhorabuena y mi rencor en tu trastero,
con los viejos recuerdos, subconsciente traicionero,
si vuelves a mi angustia, quédate en mi mes de enero.


jueves, 2 de octubre de 2014

Elliot.

Debería insistirme, en eso de apagar las luces            y dormir.

Pero. A ser sincera conmigo, ya que nadie me acompaña en esta razonable incomprensión, al cerrar los ojos sólo logro potenciar el sonido del cascabel que te conserva, y te veo crecer, delante del espejo que habito, y te siento igual de diminuto entre mis brazos de entonces.
Creía que tú debías existir, para completar las ecuaciones y ser el sentido y el resultado de mi egoísmo. Tu vitalidad me había parecido tantas veces de mi propiedad que a veces observo los movimientos de mi cuerpo desde fuera, de modo que simulan no corresponderme.
Te creo y te deseo, por lo que fuiste, por lo que yo había sido, y no hay lágrima que no encierre el recuerdo de los rasgos y gestos que exagerabas para mí, y no hay lágrima que no caiga encerrando el mismo, sobre mí, para acabar conmigo.