Querido padre, gracias, por mantenerte despierto
y guardarme en madrugadas sin aliento,
por hacer que me busque en tu (casi) silencio,
por hacer que me encuentre si me pierdo por dentro.
Gracias por luchar, por mi, por mis hermanos,
por los sueños que tengo aunque no estén muy claros,
y ofrecerme este cielo aunque no esté en tus manos
y esas otras mil cosas que jamás he apreciado.
Eres el ejemplo que he buscado con ansia
con los ojos cerrados, sin oír tus palabras,
el sonido inquietante que enmudece al que ladra
quien me enseña a vivir aunque sea una carga.
Deberás perdonar mis errores frecuentes
pues he sido también educada entre gente
que quisieron hacerme sentir diferente
con maldad e ignorancia evidentes.
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