Las cosas tuvieron que cambiar.
Éramos demasiado niños para dejar de serlo, demasiado inocentes para saber llevar la verdad que a gritos nos era dada, gritos y golpes de infortunio.
Me pregunto a veces, como si siguiese en aquellos días, si me merezco vivir con esto.
Me hubiese gustado pasar los días al borde de un precipicio, donde reflexionar, escuchar entonces el 'no lo hagas' con casi lágrimas en tus ojos. ¿Cuándo dejamos de importar? Perderme en el acantilado entonces.
Cada portazo nos arrebataba un poco más lo poco que nos quedaba, hasta estar fuera de ningún sitio nosotros mismos.
Y no podíamos darnos el cariño que necesitábamos, por que habíais conseguido que nos conociésemos, que nos odiásemos, que nos compadeciésemos sin llegar a tocarnos por miedo a cortarnos con el cristal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario