Me dedico el tiempo eterno de silencio,
y te escribo, ya sin ganas, a la tumba,
para hablarte del dolor tras el incendio
y contarte que no fue tuya la culpa.
Te perdono, me perdono, somos libres,
sin espejos, sin cadenas, sin recuerdo,
me mantengo sobre el llanto casi firme,
sobre heridas, sobre balas, sobre muertos.
Pasan meses, vuelve gélido lo incierto,
no te he vuelto a ver los ojos ni dormida,
ya no sueño, me acurruco y sólo tiemblo,
soy la sangre, fiel producto de tu ira.
Aunque quiera no te voy a echar de menos,
ni te haré palabras dulces y engañosas,
bien sabemos, bien sé yo del monstruo austero,
no más versos, se acabaron las estrofas.
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