-Dices que no
hay nada
después-
Te escribo en cada piel de madrugada,
te marco en cada texto que proceso,
aquel niño infeliz tarareaba,
y tú y yo nos morimos al regreso.
Te escribo y la verdad, no siento nada
más que el recuerdo manso de tu abrazo,
sentí la soledad de la que hablabas,
me vi de nuevo presa en tu regazo.
Te escribo, quédate -con estas líneas-
desnúdame al compás del alfabeto,
si las costumbres ya no son las mismas,
y el bueno muere pulcro y obsoleto.
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