El grito que masticas,
sabor a aullido endeble,
ha llegado a otros labios
por un beso indigente,
y lo veo entre dientes
pronunciándote en vano,
y aunque creo entenderlo
vuelvo etéreo el reclamo.
Me deshago en la noche
cuando sale a buscarme,
con el gesto más sordo
de este instinto cobarde;
me transformo en silencio
para hacerle contraste
y me pierdo en mi falta
de temblor incansable.
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