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martes, 23 de mayo de 2017

Prólogo de un yo pretérito.

   Quizás lo más costoso es hablar de la realidad volviéndola mía, vistiéndola como si fuera una rutina establecida.

   Un gesto mínimo entre un sinfín de movimientos involuntarios me ha hecho recordar un trabajo que estaba colgado en la pared de mi aula de filosofía de instituto, en el cual estaba escrito:


«Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras.
Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos.
Cuida tus actos, porque convertirán en tus hábitos.
Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino.»

Mahatma Gandhi.



   En aquel momento tuve un miedo impropio. De pronto temía que esa persona que sin duda era -fui- y quizás de algún modo todavía soy, se volviese sólida y tomase el control del dinamismo en mi vida. Aunque el cambio siga en tránsito y el tiempo se consuma de un modo exagerado, hubo algo fugaz en esa percepción de uno mismo: el rechazo.

   No es mi objetivo ser la persona perfecta, para eso hay ya muchos modelos. Mi propósito es tener una manera de mirar que no me exija un apodo que la respalde; ser la poesía que emito, causa de la piel de gallina por muy fría que sea la noche como competencia; es confesar que soy feliz y no sentirme responsable; abrir el corazón, y cerrar la herida.

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