Perdóname por todo lo incurable.
Por el auxilio de doble carencia, por el castillo de naipes que volví tu cárcel, por las noches en las que te dejé a oscuras. Disculpa por el idioma que te cosí a la mirada, por la voz rota al uso, las letras mudas que te vistieron contra tu voluntad. Te arranqué la desnudez, letra a letra.
¿Y qué es el arrepentimiento sino una confesión de culpabilidad?
Inhibimos los términos estrictos, los vocablos afilados que delimitaban la comunicación, como un punto de inicio o una sentencia. El lenguaje está disuelto en un plano atemporal hasta que lo forzamos a situarse. Recuerdo algunos discursos sietemesinos, vocablos nacidos antes de tiempo, y su contraste: el luto, lo que murió al borde de los labios temblorosos, el sismo del miedo y su catástrofe.
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