No hubo vergüenza ni humillación, sólo una infancia que se deshacía al ritmo en que el miedo corroe.
Una salida sin garantías, un lugar de paso lleno de cadenas y sumisión. Ruidos al otro lado, de todo y nada más.
Un abuso que se prolongó y transformó hasta ser mimetizado. Asumido. Encubierto.
También oscuridad durante noches y días, una extranjera, impropia. Un silencio roto por un reloj inquieto.
Un cuerpo inmóvil del que provenía una respiración arrítmica y amenazante.
Tardes al alcance de cualquier intento.
Horas y horas de un llanto a la altura del suelo, de testigos silenciosos. Cómplices. Llamadas sin respuesta. Asesinos.
Golpes que no atentaron contra la memoria colectiva. Sangre, agua, bilis.
Duchas lejanas a la madrugada. Un foco blanco y prendas empapadas. Maullidos. Un auxilio lleno de arena.
Un cubículo que acogía temprano una depresión dormida. Alarmas. Alarmas. Alarmas.
Pero no quedaba aire, donde cupo todo lo demás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario